Su aspecto irresistible hizo que mis papilas gustativas empezaran a segregar saliva, haciéndolo cada vez más apetitoso y deseado.
Pude sentir su gélido tacto y cómo se me helaba todo el cuerpo, pero ya estaba acostumbrada. La verdad es que en una tarde de verano tan calurosa como aquella, se agradecía..
Si dejar de mirarlo comprobé que sus formas eran perfectas, aunque yo sabía que poco iba a durar en mis manos.
Me acerqué a él y lo miré con ansia, con ganas...
Lo pude saborear. Era dulce y estaba realmente delicioso, pero llegó un momento en que dejé de sentir la lengua. Mi paladar se había hecho inmune a tan baja temperatura.
Su aroma, su olor, me embriagaba totalmente. Llegué a oir cómo crujía, pero a mi alrededor apenas nadie se percató del ruido y de mis pensamientos inusuales.
No era normal que estuviera haciendo semejantes reflexiones... ¡solo por un helado!; pero la verdad es que

No hay comentarios:
Publicar un comentario